sábado, 6 de diciembre de 2008
martes, 2 de diciembre de 2008
"LOS EXITO$O$ TNBAUM"

Dónde está escondido ese recuerdo tan temido que parte de tu cuerpo guarda todo, escondido
larará, larará Dónde está escondido ese recuerdo tan preciado
que parte de tu cuerpo guarda todo olvidado ¿Por qué estás tan cansado?
no ves que sos pendejo deja de complicarte que ya estás casi muerto
larará, larará Dónde está la llave que te abra la ventana quién dicta la sentencia que te está robando el alma
¿Por qué estás tan cansado? no ves que sos pendejo deja de complicarte
que ya estás casi muerto larará, larará Muerto, Muerto, Muerto
mirá te están velando son todos tus amigos todos tus recuerdos olvidados
Muerto, Muerto, Muerto mirá te están velando son todos tus amigos
todos tus recuerdos olvidados Se nubla, se nubla
Se nubla, se nubla se nubla, se nubló
Dónde está escondido ese recuerdo tan temido que parte de tu cuerpo guarda todo, escondido muerto, muerto, muerto
mirá te están velando son todos tus amigos todos tus recuerdos olvidados
muerto, muerto, muerto mirá te están velando son todos tus amigos
todos tus recuerdos olvidados se nubla, se nubla, se nubló."los condenaditos",fabulosos cadillacs.
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clarin,
mercenarios
lunes, 1 de diciembre de 2008
pobre jorgito,esta enojado porque revista 23 publico esto......
Nacieron en los Estados Unidos de la posguerra, cuando una elite de intelectuales, empresarios y políticos creyeron amenazados los pilares del free-market y la propiedad privada. Sesenta años después, y en la Argentina, escenario de los experimentos liberales más groseros, los think tanks de la derecha criolla gozan de buena salud, mueven sus fichas y no paran de hacer apuestas.
En el país, la Fundación Atlas 1853 es la “usina de pensamiento” donde lo más reconcentrado del liberalismo se da cita para defender al establishment y rechazar con espanto toda intervención del Estado en los asuntos del mercado. En el elenco estable de Atlas se codean desde cruzados del neoliberalismo y lobbistas del sector financiero, hasta represores reciclados en defensores de la democracia, como el recientemente detenido Julio Alberto Cirino, agente de inteligencia del Batallón 601 durante la última dictadura militar.
“Los Atlas” se definen como una entidad sin fines de lucro, pero sus directivos bien podrían formar una cámara de la industria del petróleo. Y más allá de su misión declarada –“la difusión del liberalismo para una sociedad libre”–, en los últimos meses sus cuadros lideraron las críticas más radicales al Gobierno, pidieron el juicio político para Cristina Fernández y no se cansaron de hacer predicciones en tono apocalíptico sobre el rumbo económico del país. Eso que el kirchnerismo suele exagerar al definirlo como “golpismo” y que la Fundación Atlas busca camuflar de “reclamo espontáneo”. Incluso, muchos de sus simpatizantes fueron los bloggers que, a través de cadenas de e-mails, mensajes de texto y arengas en clave conspirativa, operaron en los momentos más ásperos del choque entre los K y el campo y hasta en el debate por la estatización de las AFJP. El ala dura de los Atlas –casi una redundancia– convocó a los “autoconvocados” y llevó la logística de los cacerolazos más paquetes y reaccionarios. Es simple: defensores de la libertad individual, el libre mercado y la propiedad privada, toda regulación estatal se traduce en autoritarismo o, como gustan decir, “populismo”.
Con fecha de nacimiento el 9 de noviembre de 1998, a imagen y semejanza de la Atlas Economic Research Foundation de Virginia, Estados Unidos, los Atlas del Río de la Plata escriben sus artículos en tribunas como La Nación, Ámbito Financiero o La Nueva Provincia, publican libros de supuesto revisionismo histórico y dan charlas en círculos militares y universidades donde la intelligentzia local forma a sus líderes.
Cuadros. Para su labor, Atlas –que días atrás cumplió diez años– encuentra a sus mejores espadas entre los paladines de la derecha ilustrada. Por eso, uno de los niños mimados de su staff es José Benegas, el mismo que inició el ataque a los artistas populares en la revista Noticias y que fue repudiado en Veintitrés semanas atrás. Abogado, economista y antikirchnerista declarado, Benegas fue columnista del programa Fuego cruzado, de Marcelo Longobardi, y también arenga desde su blog personal, “No me parece”, donde el 27 de octubre último llamó a “empujar ya el juicio político a Cristina Kirchner y lograr su suspensión (...) para preservar cierto orden constitucional”.
Otro de los miembros estrella es la periodista Malú Kikuchi, amiga de la ex funcionaria menemista María Julia Alsogaray, devota de George W. Bush, Domingo Cavallo y Bernardo Neustadt. Kikuchi conduce por radio y cable el programa La Caja de Pandora, donde se queja y advierte. Entre otras cuestiones, vaticinó: “Los presidentes K, Ella y Él y los diputados y senadores, todos los que convierten lo anticonstitucional en norma, también sufrirán las consecuencias de sus actos. Es sólo cuestión de tiempo”.
Quien sí está pagando por sus actos es uno de los “expertos” que compartía mesa de trabajo con Malú: Julio Alberto Cirino, ex agente de inteligencia que en la dictadura actuó como nexo con la embajada de Estados Unidos. Cirino intentó camuflarse como periodista hasta que el 7 de noviembre pasado quedó detenido en Marcos Paz. Según la denuncia presentada por la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación ante el juez federal Ariel Lijo –que incluye documentos desclasificados del Departamento de Estado norteamericano–, Cirino “tuvo un rol clave en tareas de contrainsurgencia en Latinoamérica”, actuando entre 1977 y 1985 como agente civil del Batallón de Inteligencia 601. Ya en democracia, además de ser docente, historiador y columnista de asuntos internacionales en La Caja de Pandora, Cirino también despuntaba el vicio en el sitio web de la Fundación Atlas.
Por supuesto, en esas filas abundan los economistas. Además de Ricardo López Murphy, que suele ser aplaudido por toda la platea liberal, una lista rápida por los artículos de la página oficial en Internet incluye a Gustavo Kupfer –quien también es analista político y fue candidato de la alianza Pro-Recrear–; José Luis Espert, que definió a Néstor Kirchner como “el Chávez rubio”; Roberto Cachanosky, que desde su blog “Economía para todos” ya decretó que “este gobierno no tiene otro destino que colapsar”, y Manuel Solanet, secretario de Hacienda entre el ’81 y el ’82, con Leopoldo Galtieri en el poder.
Otros habitués de Atlas son el analista internacional Jorge Castro; el abogado Fabián Bergenfeld, quien había denunciado a la presidenta Fernández por usurpación de título y fue asesor de Juan Carlos Blumberg; el periodista Edgar Mainhard, director del sitio Urgente 24, varias veces vinculado a los servicios de inteligencia, y la diputada lopezmurphista Nora Guinzburg, exégeta de la teoría de los dos demonios, que enfrenta una denuncia en el Inadi por haber dicho en una entrevista con Veintitrés que los homosexuales son “una minoría caprichosa”.
De la partida también forman parte Armando Ribas, filósofo nacido en Cuba y militante anticastrista, y Juan Curuchet, de la Fundación Bicentenario, cuestionada en 2004 por la Inspección General de Justicia que le negó la personería porque de su estatuto surgían “propósitos de lucro”. En Bicentenario, muchos de sus integrantes tuvieron vínculos con UPAU, la pata estudiantil de la UCeDé de Álvaro Alsogaray, considerado por los Atlas de Estados Unidos uno de los “llaneros solitarios” que dieron “la batalla por el libre mercado y la prosperidad” en América latina. La hija del capitán ingeniero, María Julia, también colaboró con la sede norteamericana de la fundación en el invierno de 1996, luego cerrar la desastrosa privatización de la empresa de telefonía ENTel y ya como experta ambientalista.
La lista de los Atlas se completa con los aportes del consultor Rosendo Fraga, que acaba de prologar al historiador preferido por la derecha, el joven Nicolás Vásquez, otro columnista agasajado por los lectores de derecha. En 2006, Vázquez, Curuchet, Benegas y Bergenfeld, entre otros, recibieron el premio Atlas a la “Valiente defensa de la libertad” en el rubro periodistas. En 2007 fue el turno del CEO de Editorial Perfil, Jorge Fontevecchia. Entre los políticos, el diputado Pro Esteban Bullrich alzó el galardón a los “Jóvenes Líderes”.
“Joe”. Los miembros fundadores de Atlas son los empresarios Guillermo “Billy” Yeatts y José Antonio Esteves, quienes además de estar “fuertemente comprometidos con las ideas liberales” tienen lazos con el negocio del crudo, firmas de envergadura global y la política de los años de plomo.
Yeatts, que fue gerente de bancos y automotrices y hoy aparece ligado a las telecomunicaciones, forjó su carrera en el sector petrolero, operando desde Bolivia hasta Tierra del Fuego. A fines de los ’90 era parte de Phoebus Energy LTD, empresa radicada en Bermudas y controladora de Sol S.A., la petrolera que durante la última dictadura tuvo estrechos lazos con la dirigencia político-militar.
Economista de las universidades de New York y Harvard, un año antes de fundar Atlas, “Billy” recorría despachos con la idea fija en cambiar las leyes que rigen sobre los recursos bajo tierra. Su tesis era simple: el libre mercado debía llegar al subsuelo, a la usanza norteamericana, para que el Estado dejase de intervenir en el negocio del oro negro. Para Yeatts, que escribió dos libros al respecto, en Latinoamérica el sector tiene reglas “perversas” que desalientan la inversión privada.
El mismo sueño había obsesionado al ex ministro de Economía José Alfredo Martínez de Hoz. No es casual. El propio “Joe” supo sentarse en el directorio de Sol S.A., donde también hizo negocios el fallecido represor Guillermo Suárez Mason, jefe del I Cuerpo de Ejército y mandamás en los “chupaderos” Automotores Orletti, La Cacha, el Pozo de Banfield y el Olimpo. En 1982, tras la caída en la guerra de Malvinas, Suárez Mason recaló en la cúpula de YPF, donde no perdió viejos hábitos. Según la periodista María Seoane –coautora del libro El Dictador, sobre la vida de Jorge Rafael Videla–, “desde allí vendió nafta adulterada a través de la empresa Sol Petróleo S.A., que sirvió para financiar las operaciones de los grupos de inteligencia militar en la contrarrevolución centroamericana”.
El otro fundador de Atlas, el ingeniero Esteves, también estuvo ligado a Phoebus Energy y Sol Petróleo, y entre 1979 y 1981 declara haber sido “asesor de la Secretaría de Estado de Energía”. Socio vitalicio del Jockey Club y miembro honorario de la orden militar-religiosa de los Caballeros de Malta, hoy preside Ez Holding S.A., dedicada a la extracción de crudo y con operaciones exploratorias en Chubut. En 2002, Esteves creó Espezor S.R.L., dedicada al negocio turístico e inmobiliario, donde tiene como socio al banquero y petrolero José Luis Zorraquín, del grupo Garovaglio & Zorraquín.
Orgullo liberal. La Atlas Foundation de Virginia, origen de muchos de los “tanques” que crecieron en Latinoamérica, nació en 1981 por iniciativa del empresario inglés Anthony Fisher, quien, después de amasar una fortuna con la cría intensiva de pollos, se dedicó a financiar entidades liberales. Según relata el sociólogo Daniel Mato en un trabajo sobre la difusión de las ideas liberales en América latina, Atlas tenía una misión clara: “Crear think tanks liberales en todo el mundo”.
Fisher, que en 1988 fue nombrado caballero por Margaret Thatcher, siguió a su vez la enseñanza de Friedrich Hayek, padre de la Sociedad Mont Pelerin y gurú del liberalismo moderno. A mediados de los ’50, Hayek, que bregaba por “un gobierno mínimo”, alertó sobre la “disminución en la creencia en la propiedad privada”, y para contraatacar le aconsejó a Fisher que la clave no estaba en incidir sobre los políticos, sino sobre los intelectuales, para que ellos influyeran en la opinión pública.
Para orgullo de la intelligentzia criolla, desde 1991 la Atlas Foundation tiene un presidente oriundo de la Argentina: Alejandro Chafuen. La leyenda cuenta que en 1980 fue la persona más joven en ingresar al selecto grupo de intelectuales de la Sociedad Mont Pelerin. Seguidor a ultranza de las ideas de Ayn Rand –autora del best seller liberal La rebelión del Atlas–, Chafuen se define a sí mismo como católico romano, cultor de la filosofía de libre mercado y con influencias “tomistas”.
Economista graduado en la Universidad Católica Argentina (UCA), Chafuen fue docente en varias universidades, asesoró a compañías de seguro y financieras, y entre 1980 y 1982 fue columnista de los diarios La Nación, El Cronista Comercial y La Nueva Provincia, este último propiedad de Vicente Massot, defensor de todo aquello que sea verde oliva y siempre listo para pedir mano dura.
En una entrevista periodística, “Alex” fue claro: “Crecí con una mentalidad antifascista por oposición a Juan Perón. Fue mi despertar como adolescente en la Argentina y de allí vino todo un conjunto de valores políticos. Aprendí a descreer del Estado”. Y llama a la unidad del campo liberal. “La división –explica– facilita la labor de líderes populistas como Chávez, Kirchner o Evo Morales”.
En su país natal, los Atlas argentinos siguen sus palabras religiosamente. Y acechan. Sabedores del latiguillo de que crisis también es oportunidad, actualizan sus blogs, envían e-mails y hacen siempre la misma apuesta.
En el país, la Fundación Atlas 1853 es la “usina de pensamiento” donde lo más reconcentrado del liberalismo se da cita para defender al establishment y rechazar con espanto toda intervención del Estado en los asuntos del mercado. En el elenco estable de Atlas se codean desde cruzados del neoliberalismo y lobbistas del sector financiero, hasta represores reciclados en defensores de la democracia, como el recientemente detenido Julio Alberto Cirino, agente de inteligencia del Batallón 601 durante la última dictadura militar.
“Los Atlas” se definen como una entidad sin fines de lucro, pero sus directivos bien podrían formar una cámara de la industria del petróleo. Y más allá de su misión declarada –“la difusión del liberalismo para una sociedad libre”–, en los últimos meses sus cuadros lideraron las críticas más radicales al Gobierno, pidieron el juicio político para Cristina Fernández y no se cansaron de hacer predicciones en tono apocalíptico sobre el rumbo económico del país. Eso que el kirchnerismo suele exagerar al definirlo como “golpismo” y que la Fundación Atlas busca camuflar de “reclamo espontáneo”. Incluso, muchos de sus simpatizantes fueron los bloggers que, a través de cadenas de e-mails, mensajes de texto y arengas en clave conspirativa, operaron en los momentos más ásperos del choque entre los K y el campo y hasta en el debate por la estatización de las AFJP. El ala dura de los Atlas –casi una redundancia– convocó a los “autoconvocados” y llevó la logística de los cacerolazos más paquetes y reaccionarios. Es simple: defensores de la libertad individual, el libre mercado y la propiedad privada, toda regulación estatal se traduce en autoritarismo o, como gustan decir, “populismo”.
Con fecha de nacimiento el 9 de noviembre de 1998, a imagen y semejanza de la Atlas Economic Research Foundation de Virginia, Estados Unidos, los Atlas del Río de la Plata escriben sus artículos en tribunas como La Nación, Ámbito Financiero o La Nueva Provincia, publican libros de supuesto revisionismo histórico y dan charlas en círculos militares y universidades donde la intelligentzia local forma a sus líderes.
Cuadros. Para su labor, Atlas –que días atrás cumplió diez años– encuentra a sus mejores espadas entre los paladines de la derecha ilustrada. Por eso, uno de los niños mimados de su staff es José Benegas, el mismo que inició el ataque a los artistas populares en la revista Noticias y que fue repudiado en Veintitrés semanas atrás. Abogado, economista y antikirchnerista declarado, Benegas fue columnista del programa Fuego cruzado, de Marcelo Longobardi, y también arenga desde su blog personal, “No me parece”, donde el 27 de octubre último llamó a “empujar ya el juicio político a Cristina Kirchner y lograr su suspensión (...) para preservar cierto orden constitucional”.
Otro de los miembros estrella es la periodista Malú Kikuchi, amiga de la ex funcionaria menemista María Julia Alsogaray, devota de George W. Bush, Domingo Cavallo y Bernardo Neustadt. Kikuchi conduce por radio y cable el programa La Caja de Pandora, donde se queja y advierte. Entre otras cuestiones, vaticinó: “Los presidentes K, Ella y Él y los diputados y senadores, todos los que convierten lo anticonstitucional en norma, también sufrirán las consecuencias de sus actos. Es sólo cuestión de tiempo”.
Quien sí está pagando por sus actos es uno de los “expertos” que compartía mesa de trabajo con Malú: Julio Alberto Cirino, ex agente de inteligencia que en la dictadura actuó como nexo con la embajada de Estados Unidos. Cirino intentó camuflarse como periodista hasta que el 7 de noviembre pasado quedó detenido en Marcos Paz. Según la denuncia presentada por la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación ante el juez federal Ariel Lijo –que incluye documentos desclasificados del Departamento de Estado norteamericano–, Cirino “tuvo un rol clave en tareas de contrainsurgencia en Latinoamérica”, actuando entre 1977 y 1985 como agente civil del Batallón de Inteligencia 601. Ya en democracia, además de ser docente, historiador y columnista de asuntos internacionales en La Caja de Pandora, Cirino también despuntaba el vicio en el sitio web de la Fundación Atlas.
Por supuesto, en esas filas abundan los economistas. Además de Ricardo López Murphy, que suele ser aplaudido por toda la platea liberal, una lista rápida por los artículos de la página oficial en Internet incluye a Gustavo Kupfer –quien también es analista político y fue candidato de la alianza Pro-Recrear–; José Luis Espert, que definió a Néstor Kirchner como “el Chávez rubio”; Roberto Cachanosky, que desde su blog “Economía para todos” ya decretó que “este gobierno no tiene otro destino que colapsar”, y Manuel Solanet, secretario de Hacienda entre el ’81 y el ’82, con Leopoldo Galtieri en el poder.
Otros habitués de Atlas son el analista internacional Jorge Castro; el abogado Fabián Bergenfeld, quien había denunciado a la presidenta Fernández por usurpación de título y fue asesor de Juan Carlos Blumberg; el periodista Edgar Mainhard, director del sitio Urgente 24, varias veces vinculado a los servicios de inteligencia, y la diputada lopezmurphista Nora Guinzburg, exégeta de la teoría de los dos demonios, que enfrenta una denuncia en el Inadi por haber dicho en una entrevista con Veintitrés que los homosexuales son “una minoría caprichosa”.
De la partida también forman parte Armando Ribas, filósofo nacido en Cuba y militante anticastrista, y Juan Curuchet, de la Fundación Bicentenario, cuestionada en 2004 por la Inspección General de Justicia que le negó la personería porque de su estatuto surgían “propósitos de lucro”. En Bicentenario, muchos de sus integrantes tuvieron vínculos con UPAU, la pata estudiantil de la UCeDé de Álvaro Alsogaray, considerado por los Atlas de Estados Unidos uno de los “llaneros solitarios” que dieron “la batalla por el libre mercado y la prosperidad” en América latina. La hija del capitán ingeniero, María Julia, también colaboró con la sede norteamericana de la fundación en el invierno de 1996, luego cerrar la desastrosa privatización de la empresa de telefonía ENTel y ya como experta ambientalista.
La lista de los Atlas se completa con los aportes del consultor Rosendo Fraga, que acaba de prologar al historiador preferido por la derecha, el joven Nicolás Vásquez, otro columnista agasajado por los lectores de derecha. En 2006, Vázquez, Curuchet, Benegas y Bergenfeld, entre otros, recibieron el premio Atlas a la “Valiente defensa de la libertad” en el rubro periodistas. En 2007 fue el turno del CEO de Editorial Perfil, Jorge Fontevecchia. Entre los políticos, el diputado Pro Esteban Bullrich alzó el galardón a los “Jóvenes Líderes”.
“Joe”. Los miembros fundadores de Atlas son los empresarios Guillermo “Billy” Yeatts y José Antonio Esteves, quienes además de estar “fuertemente comprometidos con las ideas liberales” tienen lazos con el negocio del crudo, firmas de envergadura global y la política de los años de plomo.
Yeatts, que fue gerente de bancos y automotrices y hoy aparece ligado a las telecomunicaciones, forjó su carrera en el sector petrolero, operando desde Bolivia hasta Tierra del Fuego. A fines de los ’90 era parte de Phoebus Energy LTD, empresa radicada en Bermudas y controladora de Sol S.A., la petrolera que durante la última dictadura tuvo estrechos lazos con la dirigencia político-militar.
Economista de las universidades de New York y Harvard, un año antes de fundar Atlas, “Billy” recorría despachos con la idea fija en cambiar las leyes que rigen sobre los recursos bajo tierra. Su tesis era simple: el libre mercado debía llegar al subsuelo, a la usanza norteamericana, para que el Estado dejase de intervenir en el negocio del oro negro. Para Yeatts, que escribió dos libros al respecto, en Latinoamérica el sector tiene reglas “perversas” que desalientan la inversión privada.
El mismo sueño había obsesionado al ex ministro de Economía José Alfredo Martínez de Hoz. No es casual. El propio “Joe” supo sentarse en el directorio de Sol S.A., donde también hizo negocios el fallecido represor Guillermo Suárez Mason, jefe del I Cuerpo de Ejército y mandamás en los “chupaderos” Automotores Orletti, La Cacha, el Pozo de Banfield y el Olimpo. En 1982, tras la caída en la guerra de Malvinas, Suárez Mason recaló en la cúpula de YPF, donde no perdió viejos hábitos. Según la periodista María Seoane –coautora del libro El Dictador, sobre la vida de Jorge Rafael Videla–, “desde allí vendió nafta adulterada a través de la empresa Sol Petróleo S.A., que sirvió para financiar las operaciones de los grupos de inteligencia militar en la contrarrevolución centroamericana”.
El otro fundador de Atlas, el ingeniero Esteves, también estuvo ligado a Phoebus Energy y Sol Petróleo, y entre 1979 y 1981 declara haber sido “asesor de la Secretaría de Estado de Energía”. Socio vitalicio del Jockey Club y miembro honorario de la orden militar-religiosa de los Caballeros de Malta, hoy preside Ez Holding S.A., dedicada a la extracción de crudo y con operaciones exploratorias en Chubut. En 2002, Esteves creó Espezor S.R.L., dedicada al negocio turístico e inmobiliario, donde tiene como socio al banquero y petrolero José Luis Zorraquín, del grupo Garovaglio & Zorraquín.
Orgullo liberal. La Atlas Foundation de Virginia, origen de muchos de los “tanques” que crecieron en Latinoamérica, nació en 1981 por iniciativa del empresario inglés Anthony Fisher, quien, después de amasar una fortuna con la cría intensiva de pollos, se dedicó a financiar entidades liberales. Según relata el sociólogo Daniel Mato en un trabajo sobre la difusión de las ideas liberales en América latina, Atlas tenía una misión clara: “Crear think tanks liberales en todo el mundo”.
Fisher, que en 1988 fue nombrado caballero por Margaret Thatcher, siguió a su vez la enseñanza de Friedrich Hayek, padre de la Sociedad Mont Pelerin y gurú del liberalismo moderno. A mediados de los ’50, Hayek, que bregaba por “un gobierno mínimo”, alertó sobre la “disminución en la creencia en la propiedad privada”, y para contraatacar le aconsejó a Fisher que la clave no estaba en incidir sobre los políticos, sino sobre los intelectuales, para que ellos influyeran en la opinión pública.
Para orgullo de la intelligentzia criolla, desde 1991 la Atlas Foundation tiene un presidente oriundo de la Argentina: Alejandro Chafuen. La leyenda cuenta que en 1980 fue la persona más joven en ingresar al selecto grupo de intelectuales de la Sociedad Mont Pelerin. Seguidor a ultranza de las ideas de Ayn Rand –autora del best seller liberal La rebelión del Atlas–, Chafuen se define a sí mismo como católico romano, cultor de la filosofía de libre mercado y con influencias “tomistas”.
Economista graduado en la Universidad Católica Argentina (UCA), Chafuen fue docente en varias universidades, asesoró a compañías de seguro y financieras, y entre 1980 y 1982 fue columnista de los diarios La Nación, El Cronista Comercial y La Nueva Provincia, este último propiedad de Vicente Massot, defensor de todo aquello que sea verde oliva y siempre listo para pedir mano dura.
En una entrevista periodística, “Alex” fue claro: “Crecí con una mentalidad antifascista por oposición a Juan Perón. Fue mi despertar como adolescente en la Argentina y de allí vino todo un conjunto de valores políticos. Aprendí a descreer del Estado”. Y llama a la unidad del campo liberal. “La división –explica– facilita la labor de líderes populistas como Chávez, Kirchner o Evo Morales”.
En su país natal, los Atlas argentinos siguen sus palabras religiosamente. Y acechan. Sabedores del latiguillo de que crisis también es oportunidad, actualizan sus blogs, envían e-mails y hacen siempre la misma apuesta.
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viernes, 21 de noviembre de 2008
mauricio no es macri es scioli
''los únicos privilegiados son los niños'' se le oyo decir al general, de quien el manco bonaerense dice tener como ejemplo,habida cuenta del proyecto de penalizar a los niños malos muy malos....repongo un post del año pasado.
se fue de su casa hace tres años,después de la ultima paliza.ni siquiera espero el asado de noche buena,gratificación gastronómica impensable en ese símil de hogar,violento,disociado.Andrés tenia siete años y fue,también,la ultima vez que lloro.partió rumbo al norte o al olvido con todas sus pertenencias,un jean horadado,dos remeras de color ausente,zapatillas gastadas y cortapluma chiquita,para librarlo de todo mal.desde entonces,Andrés mide su performance académica con números que califican en el mundo de la calle .seis entradas en la comisaria 16,cuatro en la 14,en la primera, su madre lo fue a buscar,el oficial dudo al verla alcoholizada.en las otras,algún hermano,el coscorrón por la perdida de tiempo.Andrés quedo en constitución.carente de mínimos afectivos,se hizo un''sin ley''.pequeñas ratonerias,averías que no llegan al delito,estrategias pillas de supervivencia.en su léxico no hay lugar para simbolizar:no sabe lo que es ''regalo'',a el ''le dan''.come en templos de varios credos,se mofa de todos.a los diez años es ya un león en cócteles de poxiram y paco.se tutea con el sexo,le falta el respeto.uno de sus ídolos es travesti que,alguna vez,le acaricio la cabeza sin preguntas.su porvenir tiene trayecto corto,el futuro es hoy y esta noche es nochebuena.sabe que papa noel regala juguetes,autitos,trenes,muñecas.andres juega al triste juego de la verdad abriendo puertas de autos de verdad,buscando la moneda en trenes de verdad,con adolescentes muñecas de verdad.sueña que el viejo papa noel le da una navaja de acero,para librarlo de todo mal.son las diez,la gran madre estación esta quedando despoblada,los ojos de Andrés se nublan,sus compinches creen que es por la sidra.encerrado en el gran baño ,el niño a vuelto a llorar.
se fue de su casa hace tres años,después de la ultima paliza.ni siquiera espero el asado de noche buena,gratificación gastronómica impensable en ese símil de hogar,violento,disociado.Andrés tenia siete años y fue,también,la ultima vez que lloro.partió rumbo al norte o al olvido con todas sus pertenencias,un jean horadado,dos remeras de color ausente,zapatillas gastadas y cortapluma chiquita,para librarlo de todo mal.desde entonces,Andrés mide su performance académica con números que califican en el mundo de la calle .seis entradas en la comisaria 16,cuatro en la 14,en la primera, su madre lo fue a buscar,el oficial dudo al verla alcoholizada.en las otras,algún hermano,el coscorrón por la perdida de tiempo.Andrés quedo en constitución.carente de mínimos afectivos,se hizo un''sin ley''.pequeñas ratonerias,averías que no llegan al delito,estrategias pillas de supervivencia.en su léxico no hay lugar para simbolizar:no sabe lo que es ''regalo'',a el ''le dan''.come en templos de varios credos,se mofa de todos.a los diez años es ya un león en cócteles de poxiram y paco.se tutea con el sexo,le falta el respeto.uno de sus ídolos es travesti que,alguna vez,le acaricio la cabeza sin preguntas.su porvenir tiene trayecto corto,el futuro es hoy y esta noche es nochebuena.sabe que papa noel regala juguetes,autitos,trenes,muñecas.andres juega al triste juego de la verdad abriendo puertas de autos de verdad,buscando la moneda en trenes de verdad,con adolescentes muñecas de verdad.sueña que el viejo papa noel le da una navaja de acero,para librarlo de todo mal.son las diez,la gran madre estación esta quedando despoblada,los ojos de Andrés se nublan,sus compinches creen que es por la sidra.encerrado en el gran baño ,el niño a vuelto a llorar.
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SCIOLI
viernes, 14 de noviembre de 2008
MARCELO SAIN
“Somos argentinos, ¿qué nos pasa?”, clamaba ante las cámaras de C5N, casi a los gritos y al borde del llanto, una señora indignada por la “ola de inseguridad” que azota nuestra sociedad. Ello ocurría durante la manifestación de vecinos y organizaciones sociales llevada a cabo en el centro de San Isidro el domingo 26 de octubre. El locutor de la cadena televisiva indicaba que se trataba de la madre del actor y productor Adrián Suar, creador de la tira Poliladron. Unos días antes, cerca de allí, Ricardo Barrenechea había sido asesinado delante de su familia, durante un robo perpetrado en su casa. Era el corolario de una seguidilla de asaltos violentos producidos en la zona durante esos días.
De manera inmediata, el intendente de San Isidro, Gustavo Posse, apuntó al gobierno nacional como responsable directo de la situación, ya que la semana anterior el ministro del ramo había decidido dar por finalizada la presencia de los efectivos de Gendarmería Nacional en 15 puestos de vigilancia instalados alrededor del barrio populoso La Cava, situado a una veintena de cuadras de la intendencia. “El peor de los gestos (del gobierno nacional) fue que en medio de la tragedia levanten el último puesto de control de Gendarmería en La Cava”, sostuvo el mandatario local. Así, para el intendente los autores de esa tanda de robos y asaltos eran delincuentes que habitaban o se refugiaban impunemente en La Cava. Más precisamente, esos hechos lamentables eran una consecuencia inmediata del retiro de los efectivos de Gendarmería del perímetro protector en torno de un barrio que sirve de residencia a las “clases peligrosas” –en términos de la criminología crítica de la zona–.
Como no podía ser de otra manera, durante la noche de aquel trágico día, las autoridades del Ministerio de Seguridad de la provincia de Buenos Aires ordenaron un gran operativo policial en la villa La Cava, “en búsqueda de los ladrones”, según destacaba la prensa al día siguiente, lo que se hizo sin miramientos. Y, obviamente, los ladrones no estaban allí. Así, el círculo interpretativo perverso que proyectaba a La Cava como la fuente de la “ola criminal” se cerraba con la convalidación del gobierno provincial a la exégesis criminológica del mandatario sanisidrense.
Pero el gobernador Daniel Scioli fue por más. En la jornada siguiente, sostuvo que había llegado “el momento de debatir una baja en la imputabilidad de los menores”, vinculando, de hecho, los delitos en ciernes con la criminalidad de menores. En ese sentido, anunció que iba a promover que los legisladores nacionales por la provincia de Buenos Aires presenten iniciativas en el Congreso, para modificar el Código Penal en función de “bajar la edad de imputabilidad para los delitos graves que cometan los menores”. Desde Medellín, el jefe de la policía provincial respaldó a su gobernador, señalando que había “un incremento serio en delitos cometidos por menores de edad”. Y con énfasis exagerado, agregó que en el ámbito provincial “teníamos casi un millón de delitos cometidos por año de estas características”.
La opinión pública se hizo eco durante dos días de esta “ligera” interpretación. Y lo hizo sin ningún atisbo de crítica. Los focos eran puestos en las víctimas de estos acontecimientos, es decir, en la “gente honesta”, según destacaba el cronista de C5N vuelto un criminólogo de estaño durante la marcha de la gente honesta de San Isidro. “Hay que dejar de proteger a los delincuentes y proteger a la gente honesta”, rogaba el locutor.
Por lo observado algunos días más tarde, el asesinato de Sara Josemovsky, en manos de dos ladrones que le dispararon con un arma de fuego para quitarle el dinero que, rato antes, había retirado de un banco cercano a su casa, no generó tanta sensibilidad social. Tenía 48 años y se dedicaba a vender ropa. Vivía en el barrio Santa Rosa, de Florencio Varela, lugar en el que la mayoría de las calles son de tierra. Tampoco tuvo mucho interés colectivo, al menos al punto de generar una movilización social como la ocurrida aquel domingo en San Isidro, el brutal asesinato de Raúl Alberto Lugones, de 36 años, que fue asaltado por un grupo de delincuentes en un barrio de General Pacheco y que, luego de robarle la campera y la plata, le pegaron un tiro en el pecho. Eso ocurrió cuando finalizaba su jornada laboral como repartidor a domicilio de remedios para una farmacia de la zona. Y menos importancia tuvo el asesinato del cabo de la Gendarmería Nacional Roberto Omar Centeno mientras hacía labores de vigilancia dentro de una garita ubicada en una entrada del complejo habitacional Ejército de los Andes, situado en el partido de Tres de Febrero. Tenía 28 años, era casado y con dos hijos, a uno de los cuales, de tan solo un mes de vida, aún no conocía por “cuestiones de servicio”, es decir, por brindarle seguridad a la “gente honesta”.
Sin dudas, el valor social, político y mediático de estas vidas plebeyas es infinitamente menor al de las víctimas de la clase alta de nuestra sociedad. En concreto, ante la trágica muerte de Sara Josemovsky, Raúl Alberto Lugones y Roberto Centeno, no hubo intendentes que declararan el “estado de emergencia” en sus municipios; tampoco se llevaron a cabo movilizaciones sociales con altísima exposición mediática; ni el gobernador Scioli dio conferencias de prensa prometiendo “mano dura” en la lucha contra el delito.
Lo cierto es que a los dos días del repudiable asesinato de Barrenechea, la policía ya tenía identificados a sus presuntos autores. No todos eran menores ni habitaban La Cava. Se trata de una banda de delincuentes del barrio carenciado Puerta de Hierro, de La Matanza, que, según la versión policial y del intendente Posse, forman parte de una organización criminal que usa menores de edad como mano de obra para realizar asaltos y robos a casas y residencias de la zona norte y oeste del Gran Buenos Aires. En definitiva, sólo algunos menores forman parte de esa banda, pero no la conducen ni le brindan apoyo logístico ni operacional, y la misma es de un distrito ubicado a algunos kilómetros de La Cava.
Resulta sorprendente y alentadora la celeridad policial en identificar y aprehender a los autores de tan lamentable hecho. Ello deriva de una refinada labor de inteligencia criminal que resulta, sin más, de la movilización de una extendida red de “buches” que no son más que delincuentes que trabajan como informantes para la policía. O, peor aún, son delincuentes que llevan a cabo acciones criminales con el beneplácito o protección de los sectores corruptos de la propia institución y con miras a engrosar la recaudación ilegal de la misma o de crear un clima de conmoción e inseguridad a través de la conformación de “zonas liberadas”.
Aquella tarde de domingo en San Isidro, las personas movilizadas fueron durísimas en las críticas hacia la política –quizá con justísima razón–- y hacia la justicia criminal, pero no así hacia la policía. Al contrario, parte de la demanda de la “gente honesta” expresada en la cobertura periodística del evento se centraba en un reclamo de mayor presencia policial en las calles y en la ya clásica demanda de dejar actuar a la policía sin controles y sin las repugnantes ataduras de las garantías procesales y las restricciones legales a la discrecionalidad policial. En este marco interpretativo, garantías y restricciones fueron una construcción institucional de la democracia y ello, sin dudas, benefició a la delincuencia.
Es cierto que la policía “detiene, detiene y detiene” tal como señaló la presidenta Cristina Fernández, pero aun cuando lo hace bien casi siempre el peso de la eficiencia aprehensiva recae selectivamente en los delincuentes pobres, rústicos, violentos y menos sofisticados, es decir, los más vulnerables. Son menos, mucho menos, casi insignificantes, las detenciones de delincuentes profesionales dedicados a la criminalidad de alta rentabilidad económica y de notoria visibilidad social –como el narcotráfico, la trata de personas, el corte de autos, etc.–, actividades que en gran medida son reguladas y regenteadas por los integrantes corrompidos de la propia institución policial.
De todos modos, lo importante es lo que queda, lo que dura. Y ello se resume en una ecuación heurística simple, clara, directa: las víctimas del delito violento son la gente honesta e inocente de cuantas ilegalidades se cometen en nuestra sociedad –la que, en general, pertenece a los sectores medios y altos– y los victimarios son menores marginales provenientes de las villas de emergencia situadas en nuestras grandes urbes y que para muchos de nosotros se desarrollaron en las últimas décadas por impulso natural del desarrollo social o del espíritu santo. Hace algunos días, el gobernador Scioli, con pose de sociólogo y con una enorme imprudencia política, sentenció que “las villas son como aguantaderos, lugares de alta peligrosidad, porque salen a robar y vuelven”. Le faltó recordar a Ruckauf cuando postulaba aquella gloriosa prédica de meterles bala a los delincuentes.
Es tan marcada esta porfiada interpretación que cuando estamos ante la presencia de delincuentes que no cuajan con estos perfiles se produce una crisis hermenéutica de gran porte. Para muestra basta un botón. Hasta hoy, las crónicas periodísticas que hacen referencia al asesinato de Sebastián Forza, Damián Ferrón y Leopoldo Bina menciona a éstos como los “empresarios asesinados”. Se los llama “empresarios” sólo porque eran tres jóvenes “blanquitos” de la clase media, profesionales y que pertenecían a familias nucleares bien constituidas. Sin embargo, si estas víctimas hubieran sido “negritos villeros”, con certeza se los llamaría los “delincuentes o narcotraficantes asesinados”.
Lo otro que queda y perdura es la sensación de que a la inmensa mayoría de los políticos de nuestro país les preocupa la inseguridad real e imaginada de la gente sólo cuando ello genera un problema político que ponga en tela de juicio sus proyecciones o sus mandatos. Y si esto no es así, ¿por qué, luego que pasa el vendaval mediático o de la dramatización política no se llevan a cabo los estudios necesarios y se realizan los esfuerzos políticos e institucionales indispensables para establecer las bases concertadas de una política de seguridad democrática entre todos los sectores partidarios? ¿Por qué no se conforman coaliciones políticas y técnicas para implementar estrategias y reformas democráticas de la seguridad de manera consensuada? ¿Por qué no se abandona la perniciosa tendencia a “sacarnos manos” y “chicanearnos” entre los diferentes sectores políticos –oficialista u opositores– ante las cuestiones de la seguridad pública mediante el uso espurio del drama de muchos argentinos? ¿Por qué los problemas de seguridad resultan impermeable a un abordaje técnico y no así a la sobreactuación ideológica y al discursivismo fácil y berreta? ¿Será que se impone la creencia entre nosotros de que las diferencias ideológicas acerca de estos asuntos –diferencias necesarias e inocultables– son un obstáculo ontológico para dialogar y concertar normas, instituciones, políticas, estrategias y discursos? ¿Puede la brutalidad típica observada en gran parte de nuestros comportamientos políticos hacernos creer que el pacto entre actores políticos diferentes es traición y que la dignidad sólo se logra con la imposición hegemónica de discursos y primereadas? ¿Por qué los funcionarios y dirigentes no desisten de decir tonterías sin ninguna fundamentación técnica o conceptual, dando cuenta de que en el campo de la seguridad pública es posible hacer aseveraciones infundadas como no lo está permitido en la economía, la salud o la educación? ¿Por qué la mayoría de los políticos abandonaron tempranamente la función docente y de liderazgo social que todo gobernante o dirigente debe mantener aun a contramarcha de la “opinión pública”, de los medios agoreros y de los sectores sociales cuando sustentan una visión o reclamos contrarios a los principios democráticos? ¿Por qué se considera bestialmente que “hacer política” en temas de seguridad –y en otros– excluye per se cualquier tipo de análisis o estudio, bajo la visión de que ello es un puro intelectualismo incompatible con la política? ¿Por qué no saltó la mayoría de los dirigentes políticos de este país contra el intento chabacano de Scioli de estigmatizar a las villas de emergencia como reductos de delincuentes, recordándole que, en gran medida, esas villas y toda esa violencia delictiva no es más que el resultado directo e indirecto de un modelo económico y político llevado a cabo por el menemismo que lo tuvo a él como uno de sus principales referentes? Se trata de las inseguridades de la política argentina, la que parece haber perdido el rumbo en estos temas.
* Doctor en Ciencias Sociales (Unicamp, Brasil).
De manera inmediata, el intendente de San Isidro, Gustavo Posse, apuntó al gobierno nacional como responsable directo de la situación, ya que la semana anterior el ministro del ramo había decidido dar por finalizada la presencia de los efectivos de Gendarmería Nacional en 15 puestos de vigilancia instalados alrededor del barrio populoso La Cava, situado a una veintena de cuadras de la intendencia. “El peor de los gestos (del gobierno nacional) fue que en medio de la tragedia levanten el último puesto de control de Gendarmería en La Cava”, sostuvo el mandatario local. Así, para el intendente los autores de esa tanda de robos y asaltos eran delincuentes que habitaban o se refugiaban impunemente en La Cava. Más precisamente, esos hechos lamentables eran una consecuencia inmediata del retiro de los efectivos de Gendarmería del perímetro protector en torno de un barrio que sirve de residencia a las “clases peligrosas” –en términos de la criminología crítica de la zona–.
Como no podía ser de otra manera, durante la noche de aquel trágico día, las autoridades del Ministerio de Seguridad de la provincia de Buenos Aires ordenaron un gran operativo policial en la villa La Cava, “en búsqueda de los ladrones”, según destacaba la prensa al día siguiente, lo que se hizo sin miramientos. Y, obviamente, los ladrones no estaban allí. Así, el círculo interpretativo perverso que proyectaba a La Cava como la fuente de la “ola criminal” se cerraba con la convalidación del gobierno provincial a la exégesis criminológica del mandatario sanisidrense.
Pero el gobernador Daniel Scioli fue por más. En la jornada siguiente, sostuvo que había llegado “el momento de debatir una baja en la imputabilidad de los menores”, vinculando, de hecho, los delitos en ciernes con la criminalidad de menores. En ese sentido, anunció que iba a promover que los legisladores nacionales por la provincia de Buenos Aires presenten iniciativas en el Congreso, para modificar el Código Penal en función de “bajar la edad de imputabilidad para los delitos graves que cometan los menores”. Desde Medellín, el jefe de la policía provincial respaldó a su gobernador, señalando que había “un incremento serio en delitos cometidos por menores de edad”. Y con énfasis exagerado, agregó que en el ámbito provincial “teníamos casi un millón de delitos cometidos por año de estas características”.
La opinión pública se hizo eco durante dos días de esta “ligera” interpretación. Y lo hizo sin ningún atisbo de crítica. Los focos eran puestos en las víctimas de estos acontecimientos, es decir, en la “gente honesta”, según destacaba el cronista de C5N vuelto un criminólogo de estaño durante la marcha de la gente honesta de San Isidro. “Hay que dejar de proteger a los delincuentes y proteger a la gente honesta”, rogaba el locutor.
Por lo observado algunos días más tarde, el asesinato de Sara Josemovsky, en manos de dos ladrones que le dispararon con un arma de fuego para quitarle el dinero que, rato antes, había retirado de un banco cercano a su casa, no generó tanta sensibilidad social. Tenía 48 años y se dedicaba a vender ropa. Vivía en el barrio Santa Rosa, de Florencio Varela, lugar en el que la mayoría de las calles son de tierra. Tampoco tuvo mucho interés colectivo, al menos al punto de generar una movilización social como la ocurrida aquel domingo en San Isidro, el brutal asesinato de Raúl Alberto Lugones, de 36 años, que fue asaltado por un grupo de delincuentes en un barrio de General Pacheco y que, luego de robarle la campera y la plata, le pegaron un tiro en el pecho. Eso ocurrió cuando finalizaba su jornada laboral como repartidor a domicilio de remedios para una farmacia de la zona. Y menos importancia tuvo el asesinato del cabo de la Gendarmería Nacional Roberto Omar Centeno mientras hacía labores de vigilancia dentro de una garita ubicada en una entrada del complejo habitacional Ejército de los Andes, situado en el partido de Tres de Febrero. Tenía 28 años, era casado y con dos hijos, a uno de los cuales, de tan solo un mes de vida, aún no conocía por “cuestiones de servicio”, es decir, por brindarle seguridad a la “gente honesta”.
Sin dudas, el valor social, político y mediático de estas vidas plebeyas es infinitamente menor al de las víctimas de la clase alta de nuestra sociedad. En concreto, ante la trágica muerte de Sara Josemovsky, Raúl Alberto Lugones y Roberto Centeno, no hubo intendentes que declararan el “estado de emergencia” en sus municipios; tampoco se llevaron a cabo movilizaciones sociales con altísima exposición mediática; ni el gobernador Scioli dio conferencias de prensa prometiendo “mano dura” en la lucha contra el delito.
Lo cierto es que a los dos días del repudiable asesinato de Barrenechea, la policía ya tenía identificados a sus presuntos autores. No todos eran menores ni habitaban La Cava. Se trata de una banda de delincuentes del barrio carenciado Puerta de Hierro, de La Matanza, que, según la versión policial y del intendente Posse, forman parte de una organización criminal que usa menores de edad como mano de obra para realizar asaltos y robos a casas y residencias de la zona norte y oeste del Gran Buenos Aires. En definitiva, sólo algunos menores forman parte de esa banda, pero no la conducen ni le brindan apoyo logístico ni operacional, y la misma es de un distrito ubicado a algunos kilómetros de La Cava.
Resulta sorprendente y alentadora la celeridad policial en identificar y aprehender a los autores de tan lamentable hecho. Ello deriva de una refinada labor de inteligencia criminal que resulta, sin más, de la movilización de una extendida red de “buches” que no son más que delincuentes que trabajan como informantes para la policía. O, peor aún, son delincuentes que llevan a cabo acciones criminales con el beneplácito o protección de los sectores corruptos de la propia institución y con miras a engrosar la recaudación ilegal de la misma o de crear un clima de conmoción e inseguridad a través de la conformación de “zonas liberadas”.
Aquella tarde de domingo en San Isidro, las personas movilizadas fueron durísimas en las críticas hacia la política –quizá con justísima razón–- y hacia la justicia criminal, pero no así hacia la policía. Al contrario, parte de la demanda de la “gente honesta” expresada en la cobertura periodística del evento se centraba en un reclamo de mayor presencia policial en las calles y en la ya clásica demanda de dejar actuar a la policía sin controles y sin las repugnantes ataduras de las garantías procesales y las restricciones legales a la discrecionalidad policial. En este marco interpretativo, garantías y restricciones fueron una construcción institucional de la democracia y ello, sin dudas, benefició a la delincuencia.
Es cierto que la policía “detiene, detiene y detiene” tal como señaló la presidenta Cristina Fernández, pero aun cuando lo hace bien casi siempre el peso de la eficiencia aprehensiva recae selectivamente en los delincuentes pobres, rústicos, violentos y menos sofisticados, es decir, los más vulnerables. Son menos, mucho menos, casi insignificantes, las detenciones de delincuentes profesionales dedicados a la criminalidad de alta rentabilidad económica y de notoria visibilidad social –como el narcotráfico, la trata de personas, el corte de autos, etc.–, actividades que en gran medida son reguladas y regenteadas por los integrantes corrompidos de la propia institución policial.
De todos modos, lo importante es lo que queda, lo que dura. Y ello se resume en una ecuación heurística simple, clara, directa: las víctimas del delito violento son la gente honesta e inocente de cuantas ilegalidades se cometen en nuestra sociedad –la que, en general, pertenece a los sectores medios y altos– y los victimarios son menores marginales provenientes de las villas de emergencia situadas en nuestras grandes urbes y que para muchos de nosotros se desarrollaron en las últimas décadas por impulso natural del desarrollo social o del espíritu santo. Hace algunos días, el gobernador Scioli, con pose de sociólogo y con una enorme imprudencia política, sentenció que “las villas son como aguantaderos, lugares de alta peligrosidad, porque salen a robar y vuelven”. Le faltó recordar a Ruckauf cuando postulaba aquella gloriosa prédica de meterles bala a los delincuentes.
Es tan marcada esta porfiada interpretación que cuando estamos ante la presencia de delincuentes que no cuajan con estos perfiles se produce una crisis hermenéutica de gran porte. Para muestra basta un botón. Hasta hoy, las crónicas periodísticas que hacen referencia al asesinato de Sebastián Forza, Damián Ferrón y Leopoldo Bina menciona a éstos como los “empresarios asesinados”. Se los llama “empresarios” sólo porque eran tres jóvenes “blanquitos” de la clase media, profesionales y que pertenecían a familias nucleares bien constituidas. Sin embargo, si estas víctimas hubieran sido “negritos villeros”, con certeza se los llamaría los “delincuentes o narcotraficantes asesinados”.
Lo otro que queda y perdura es la sensación de que a la inmensa mayoría de los políticos de nuestro país les preocupa la inseguridad real e imaginada de la gente sólo cuando ello genera un problema político que ponga en tela de juicio sus proyecciones o sus mandatos. Y si esto no es así, ¿por qué, luego que pasa el vendaval mediático o de la dramatización política no se llevan a cabo los estudios necesarios y se realizan los esfuerzos políticos e institucionales indispensables para establecer las bases concertadas de una política de seguridad democrática entre todos los sectores partidarios? ¿Por qué no se conforman coaliciones políticas y técnicas para implementar estrategias y reformas democráticas de la seguridad de manera consensuada? ¿Por qué no se abandona la perniciosa tendencia a “sacarnos manos” y “chicanearnos” entre los diferentes sectores políticos –oficialista u opositores– ante las cuestiones de la seguridad pública mediante el uso espurio del drama de muchos argentinos? ¿Por qué los problemas de seguridad resultan impermeable a un abordaje técnico y no así a la sobreactuación ideológica y al discursivismo fácil y berreta? ¿Será que se impone la creencia entre nosotros de que las diferencias ideológicas acerca de estos asuntos –diferencias necesarias e inocultables– son un obstáculo ontológico para dialogar y concertar normas, instituciones, políticas, estrategias y discursos? ¿Puede la brutalidad típica observada en gran parte de nuestros comportamientos políticos hacernos creer que el pacto entre actores políticos diferentes es traición y que la dignidad sólo se logra con la imposición hegemónica de discursos y primereadas? ¿Por qué los funcionarios y dirigentes no desisten de decir tonterías sin ninguna fundamentación técnica o conceptual, dando cuenta de que en el campo de la seguridad pública es posible hacer aseveraciones infundadas como no lo está permitido en la economía, la salud o la educación? ¿Por qué la mayoría de los políticos abandonaron tempranamente la función docente y de liderazgo social que todo gobernante o dirigente debe mantener aun a contramarcha de la “opinión pública”, de los medios agoreros y de los sectores sociales cuando sustentan una visión o reclamos contrarios a los principios democráticos? ¿Por qué se considera bestialmente que “hacer política” en temas de seguridad –y en otros– excluye per se cualquier tipo de análisis o estudio, bajo la visión de que ello es un puro intelectualismo incompatible con la política? ¿Por qué no saltó la mayoría de los dirigentes políticos de este país contra el intento chabacano de Scioli de estigmatizar a las villas de emergencia como reductos de delincuentes, recordándole que, en gran medida, esas villas y toda esa violencia delictiva no es más que el resultado directo e indirecto de un modelo económico y político llevado a cabo por el menemismo que lo tuvo a él como uno de sus principales referentes? Se trata de las inseguridades de la política argentina, la que parece haber perdido el rumbo en estos temas.
* Doctor en Ciencias Sociales (Unicamp, Brasil).
sábado, 8 de noviembre de 2008
carta abierta a un turista europeo
Fontevecchia a la caza del octubre rojo
Miércoles 5
Por Eduardo Anguita
El escritor de best sellers de la CIA, Tom Clancy embelleció la sórdida cruzada macartista que vivió Estados Unidos -hasta por lo menos ayer- con las bondades de un personaje que deserta al frente de un submarino nuclear ruso para entregarlo nada menos que ¡a los Estados Unidos! La gran habilidad de Hollywood fue poner nada menos que a Sean Connery para interpretar el rol del desertor. Años de manipulación y maquillaje permitieron que estas cruzadas tengan tantos adeptos. La semana pasada, Jorge Fontevecchia se lanzó a una intrépida operación: atacar a los artistas populares –como él mismo los llama- por cobrar por su participación en recitales o por la realización de ciclos en la televisión pública. En efecto, la edición de Noticias del sábado pasado, anuncia en tapa que las contrataciones de León Gieco, Mercedes Sosa, Adriana Varela, Teresa Parodi, Coco Silly y Daniel Aráoz, se hace con “el mismo modus operandi (sic) con que (el gobierno) seduce a organismos de derechos humanos, medios e intelectuales”. Adentro, el artículo, con letra chica, aclara que “no es criticable que artistas reconocidos y con trayectoria sean la cara visible del país en una feria internacional con el auspicio del gobierno. Tampoco que sean bien remunerados”. Lo que sí es grave es que los músicos “aparezcan en actos oficiales o den discursos a favor de su gestión”. La publicación de Fontevecchia, en esta frase, no esconde su deseo de censurar a quienes han mostrado mayor persecución en tiempos de dictaduras.
Fontevecchia, las palabras comprometen
“Por favor, no nos venga a hablar de campos de concentración, de matanzas clandestinas o de terror nocturno (…) Esta es una fecha clave para defender al Proceso”. Fontevecchia en la editorial de la revista La Semana, madre de Noticias, en la editorial de mayo de 1978, ante la inminencia del mundial y para contragolpear lo que llamaban entonces, la “campaña antiargentina” montada por organismos políticos y sociales denunciando a la represión.
Fontevecchia calificó de “eficiente” al genocida Bussi por su accionar represivo en Tucumán. “El Operativo Independencia: La Tumba Guerrillera”, titulaba La semana.
Para intentar lavar su imagen, Fontevecchia fraguó un secuestro –el 24 de marzo de 1983, cuando ya estaba pactado el llamado a elecciones- que se continuó con un viaje a Nueva York donde se mostró como un perseguido.
Estos son algunos pocos ejemplos del origen de este cazador de rojos que ahora se lanzó tras los pasos de Mercedes Sosa y León Gieco. Pero, Fontevecchia no es el rey Midas de Hollywood que puede convertir el pescado podrido en oro.
Liliana Herrero
Consultada por este medio, Herrero dijo: “Yo lo veo como una operación desestabilizadora de la derecha, en el momento en que se da un debate por las AFJPs. Una operación de Perfil y Revista Noticias. Con respecto a las facturas exhibidas en la revista dijo: “Son falsas en el sentido de que los artistas cobraron esas cifras con todos los gastos incluidos. Por ejemplo, Teresa Parodi viajó a España con 9 personas; esos 84.000 pesos de la factura corresponden a todos los gastos (pasajes, comidas, hoteles, viáticos, músicos); además que allá el peso vale 4 veces y medio menos. Resulta que aquellos que simbólicamente han construido y defendido la democracia, pasan a ser unos ladrones. Está hecho en ese sentido: cuestionar aquellos valores que defienden la democracia. Hay que tener mucho cuidado, cuando se ataca a estas figuras, se ataca a la democracia, porque son portadoras de un valor simbólico altísimo.
“Yo escribí un mail que difundí por Internet y a raíz de él me llamaron y agradecieron León Gieco, el hijo de Mercedes Sosa y Teresa Parodi.
El viernes por la noche me presenté en Azul y cuando me manifesté a favor de estos artistas, en respuesta a esta extraordinaria operación desestabilizadora, el teatro aplaudió de pie. Lo mismo voy a hacer en todos los conciertos, porque a la ofensiva del golpismo hay que contraponerse”.
Coco Silly
“Indignación. Como siempre, en su guerra personal con el gobierno, utilizan cualquier herramienta y no les importa. Es un estilo talibán de periodismo. La verdad es que da mucha bronca. Con Daniel Aráoz hicimos dos ciclos en Canal 7. A mí me llamó un periodista de Noticias y hablé 25 minutos. ¿Por qué no ponés lo que yo te dije? ¿Para qué me hacés la nota? Yo le dije “Por favor, ponés lo que yo te digo”. Pobrecito el periodista, que cree que va a trabajar en Noticias toda la vida. No puso absolutamente nada de lo que le conté. Que nosotros hicimos 42 capítulos en estos dos ciclos unitarios, en cual pasaron más de 300 actores. Pusimos una productora. Los 5 millones que ellos ponen dan un promedio de 120.000 pesos por cada uno, de los cuales invertíamos 90.000 en artística. Lo que ellos no ponen es que nosotros con esa plata hicimos 43 capítulos unitarios. Trabajamos dos años y hubo más de cien empleados en la productora, actores contratados. Yo le conté todo el proceso y le ofrecí los papeles de la contadora. Con lo que ganamos todavía seguimos sosteniendo la productora que hace seis meses no tiene trabajo.
“Ellos ponen que somos ‘dos productores sin experiencia’. Claro, pero con más de 20 años en el medio, Además, Roberto Fontanarrosa nos pidió a nosotros que lo hagamos. Un programa que tuvo nueve nominaciones al Martín Fierro, ganó el premio Fund TV, dos nominaciones al premio Clarín, trabajaron actores que hacía 20 años que no trabajaban en Canal 7, como Guillermo Francella, Nancy Duplaá, Pablo Echarri, Jorge Marrale y Ulieses Dumont. Nosotros lo hicimos ahí porque Fontonarrosa nos pide ‘háganlo en Canal 7’ hacerlo ahí, porque él quería que se vea en toda el país, si hasta teníamos propuestas de HBO para hacerlo.
Es el amarillismo más absoluto, sabiendo que ni siquiera les puedo hacer juicio. Son hábiles en su manejo ladino”.
Miércoles 5
Por Eduardo Anguita
El escritor de best sellers de la CIA, Tom Clancy embelleció la sórdida cruzada macartista que vivió Estados Unidos -hasta por lo menos ayer- con las bondades de un personaje que deserta al frente de un submarino nuclear ruso para entregarlo nada menos que ¡a los Estados Unidos! La gran habilidad de Hollywood fue poner nada menos que a Sean Connery para interpretar el rol del desertor. Años de manipulación y maquillaje permitieron que estas cruzadas tengan tantos adeptos. La semana pasada, Jorge Fontevecchia se lanzó a una intrépida operación: atacar a los artistas populares –como él mismo los llama- por cobrar por su participación en recitales o por la realización de ciclos en la televisión pública. En efecto, la edición de Noticias del sábado pasado, anuncia en tapa que las contrataciones de León Gieco, Mercedes Sosa, Adriana Varela, Teresa Parodi, Coco Silly y Daniel Aráoz, se hace con “el mismo modus operandi (sic) con que (el gobierno) seduce a organismos de derechos humanos, medios e intelectuales”. Adentro, el artículo, con letra chica, aclara que “no es criticable que artistas reconocidos y con trayectoria sean la cara visible del país en una feria internacional con el auspicio del gobierno. Tampoco que sean bien remunerados”. Lo que sí es grave es que los músicos “aparezcan en actos oficiales o den discursos a favor de su gestión”. La publicación de Fontevecchia, en esta frase, no esconde su deseo de censurar a quienes han mostrado mayor persecución en tiempos de dictaduras.
Fontevecchia, las palabras comprometen
“Por favor, no nos venga a hablar de campos de concentración, de matanzas clandestinas o de terror nocturno (…) Esta es una fecha clave para defender al Proceso”. Fontevecchia en la editorial de la revista La Semana, madre de Noticias, en la editorial de mayo de 1978, ante la inminencia del mundial y para contragolpear lo que llamaban entonces, la “campaña antiargentina” montada por organismos políticos y sociales denunciando a la represión.
Fontevecchia calificó de “eficiente” al genocida Bussi por su accionar represivo en Tucumán. “El Operativo Independencia: La Tumba Guerrillera”, titulaba La semana.
Para intentar lavar su imagen, Fontevecchia fraguó un secuestro –el 24 de marzo de 1983, cuando ya estaba pactado el llamado a elecciones- que se continuó con un viaje a Nueva York donde se mostró como un perseguido.
Estos son algunos pocos ejemplos del origen de este cazador de rojos que ahora se lanzó tras los pasos de Mercedes Sosa y León Gieco. Pero, Fontevecchia no es el rey Midas de Hollywood que puede convertir el pescado podrido en oro.
Liliana Herrero
Consultada por este medio, Herrero dijo: “Yo lo veo como una operación desestabilizadora de la derecha, en el momento en que se da un debate por las AFJPs. Una operación de Perfil y Revista Noticias. Con respecto a las facturas exhibidas en la revista dijo: “Son falsas en el sentido de que los artistas cobraron esas cifras con todos los gastos incluidos. Por ejemplo, Teresa Parodi viajó a España con 9 personas; esos 84.000 pesos de la factura corresponden a todos los gastos (pasajes, comidas, hoteles, viáticos, músicos); además que allá el peso vale 4 veces y medio menos. Resulta que aquellos que simbólicamente han construido y defendido la democracia, pasan a ser unos ladrones. Está hecho en ese sentido: cuestionar aquellos valores que defienden la democracia. Hay que tener mucho cuidado, cuando se ataca a estas figuras, se ataca a la democracia, porque son portadoras de un valor simbólico altísimo.
“Yo escribí un mail que difundí por Internet y a raíz de él me llamaron y agradecieron León Gieco, el hijo de Mercedes Sosa y Teresa Parodi.
El viernes por la noche me presenté en Azul y cuando me manifesté a favor de estos artistas, en respuesta a esta extraordinaria operación desestabilizadora, el teatro aplaudió de pie. Lo mismo voy a hacer en todos los conciertos, porque a la ofensiva del golpismo hay que contraponerse”.
Coco Silly
“Indignación. Como siempre, en su guerra personal con el gobierno, utilizan cualquier herramienta y no les importa. Es un estilo talibán de periodismo. La verdad es que da mucha bronca. Con Daniel Aráoz hicimos dos ciclos en Canal 7. A mí me llamó un periodista de Noticias y hablé 25 minutos. ¿Por qué no ponés lo que yo te dije? ¿Para qué me hacés la nota? Yo le dije “Por favor, ponés lo que yo te digo”. Pobrecito el periodista, que cree que va a trabajar en Noticias toda la vida. No puso absolutamente nada de lo que le conté. Que nosotros hicimos 42 capítulos en estos dos ciclos unitarios, en cual pasaron más de 300 actores. Pusimos una productora. Los 5 millones que ellos ponen dan un promedio de 120.000 pesos por cada uno, de los cuales invertíamos 90.000 en artística. Lo que ellos no ponen es que nosotros con esa plata hicimos 43 capítulos unitarios. Trabajamos dos años y hubo más de cien empleados en la productora, actores contratados. Yo le conté todo el proceso y le ofrecí los papeles de la contadora. Con lo que ganamos todavía seguimos sosteniendo la productora que hace seis meses no tiene trabajo.
“Ellos ponen que somos ‘dos productores sin experiencia’. Claro, pero con más de 20 años en el medio, Además, Roberto Fontanarrosa nos pidió a nosotros que lo hagamos. Un programa que tuvo nueve nominaciones al Martín Fierro, ganó el premio Fund TV, dos nominaciones al premio Clarín, trabajaron actores que hacía 20 años que no trabajaban en Canal 7, como Guillermo Francella, Nancy Duplaá, Pablo Echarri, Jorge Marrale y Ulieses Dumont. Nosotros lo hicimos ahí porque Fontonarrosa nos pide ‘háganlo en Canal 7’ hacerlo ahí, porque él quería que se vea en toda el país, si hasta teníamos propuestas de HBO para hacerlo.
Es el amarillismo más absoluto, sabiendo que ni siquiera les puedo hacer juicio. Son hábiles en su manejo ladino”.
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jueves, 6 de noviembre de 2008
EL PAYASO MEDIATICO
en esta argentina que hoy nos toca vivir, todo parece en broma,que un salame a sueldo proteste contra la ley de nacionalización del sistema previsional teniendo decenas de empleados en negro,,,es el paroxismo en estado puro, sin mascaras ni dobleces...un enchastro de caradurez...la afip yA......
martes, 21 de octubre de 2008
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''HASTA LA VICTORIA SIEMPRE''
