domingo, 19 de agosto de 2012

Los hitos de una carrera política meteórica, Por Ricardo Ragendorfer

Durante la madrugada del 15 de mayo de 1986 hubo un incendio que fue calificado por los diarios de "dantesco" en el edificio de Avenida Callao 2014, del barrio de Recoleta. El fuego se inició en una suerte de cabaña construida ilegalmente en el patio trasero de un departamento del noveno piso. La joven pareja que lo habitaba pudo saltar en baby doll y pijama a un balcón lindante. Ella se quebró un tobillo; él tosía monóxido de carbono. La noche anterior, tras un asado con amigos, fueron a dormir sin extinguir del todo las brasas. Ahora estaba a la vista el efecto de tal descuido. Las llamas ya envolvían las plantas superiores. Otros vecinos –algunos en paños menores– evacuaban de manera atropellada el lugar. Y en el ascensor yacía el cadáver chamuscado del portero. En aquellas circunstancias, el hombre del pijama, al ser subido a una ambulancia en estado de shock, de pronto, abrió los párpados para decir: "¡Mi Rolex! ¡Busquen mi Rolex!" Luego, se desvaneció. Era Daniel Scioli.
Por entonces, a los 29 años, él ya poseía una módica celebridad debido a una extravagancia deportiva: la motonáutica. Sus hazañas semanales como piloto de lancha, en la clase 6L del Offshore, se transmitían desde un helicóptero por Canal 9. Aquella atractiva vidriera hizo que la pinturería Alba patrocinara su campaña sin fijarse en gastos. Tanto es así que hasta repatrió de Nueva York al maestro Pérez Celis para decorar –por 10 mil dólares– el catamarán del campeón. Su pincel dejó sobre la carrocería una muy vistosa llamarada roja y amarilla.
Esa misma nave lo llevó a plantarse de cara ante la muerte, luego de que una ola producida por un buque petrolero le hiciera volar por el aire para caer de refilón sobre su brazo. Ocurrió el 4 de diciembre de 1989 en el río Paraná, a la altura de Rosario, durante una competencia internacional. Scioli, entonces, fue trasladado con desesperante premura a un quirófano, mientras en el río aún se buscaba el brazo con miras a un implante. Tal vez, en estado de shock, Scioli haya evocado la llamarada del maestro Pérez Celis. Es que, de pronto, abrió los párpados para decir: "¡La carrocería! ¡Busquen la carrocería!" Luego, se desvaneció.
No es una exageración alegar que Scioli hizo del infortunio su fortaleza. Tal cualidad, en el campo de la motonáutica, se tradujo en el logro consecutivo de ocho títulos mundiales. Su arribo a las movedizas arenas de la política –vista por algunos con desdén– no fue menos meteórica: entre 1997 y la actualidad fue diputado nacional por el PJ, secretario de Deportes y Turismo durante el interinato de Eduardo Duhalde y, ya en la era kirchnerista, vicepresidente de la Nación y gobernador reelecto de Buenos Aires. Al cabo de semejante travesía, su imagen aún es saludable. Él cree que ello se debe a su filosa cruzada contra la inseguridad.
Su apego a esa lucha se vislumbra, incluso, en sus actos más casuales. Como –el 26 de junio– cuando dijo: "Yo a las cosas las hago así, con naturalidad." Se refería a la jornada futbolera compartida en su quinta de Tigre con el líder de la CGT, Hugo Moyano. Lo notable es que el gobernador abordó aquel tema nada menos que en un allanamiento. La policía había desbaratado una pequeña gavilla que traficaba neumáticos robados. Y él estaba allí, en un aguantadero de Avellaneda, para dar cuenta de ello. Pero hablaba sobre asuntos políticos de coyuntura. A su lado, el superministro Ricardo Casal sonreía.
Una semana después se entregó a la requisitoria periodística, para afirmar: "Esto nos obliga exigir a los jueces el máximo control de las excarcelaciones." Se refería al crimen en Cañuelas de los hermanos verduleros, supuestamente en manos de un ex presidiario con ansias de venganza. Lo notable fue que el gobernador abordó ese tema en medio de la crisis por la deuda de aguinaldos a los estatales bonaerenses. Al respecto, ese día suscribió un drástico recorte del gasto público. Pero hablaba sobre sus ensoñaciones punitivas. A su lado, el superministro Casal sonreía.
Resulta curioso cómo se fueron encadenando las cosas. Luego del incendio de 1987, Scioli recurrió al joven abogado Joaquín Da Rocha para conjurar las demandas judiciales por el asunto. La defensa fue exitosa. Y también fue el comienzo de una gran amistad. Dos décadas después, al ser Scioli elegido en la provincia, Da Rocha era procurador del Tesoro de la Nación. El flamante gobernador lo tentaría con el Ministerio de Justicia. Pero Da Rocha declinó el ofrecimiento. Y sugirió a Ricardo Casal, un oscuro ex alcaide penitenciario con diploma de abogado. Nadie imaginaba que aquel hombre sería su ministro preferido, su brazo derecho y el fetiche de su gestión. Una gestión cifrada en una presunta guerra contra el delito urbano.
Los resultados están a la vista. Sólo en los últimos días, la separación de la Bonaerense del caso Candela –considerado la mayor estafa jurídico-policial de la década– y la difusión pública de imágenes sobre torturas a un preso de la Unidad 32 son apenas postales de un inframundo. Las estadísticas –también difundidas esta semana en el informe anual de la Comisión Provincial por la Memoria– cuentan el resto: en 2011 hubo 129 muertes violentas en las 54 cárceles del Servicio Penitenciario Bonaerense, además de 7089 denuncias por violaciones a los Derechos Humanos, que incluyen maltratos y torturas. Del otro lado de las rejas, en el vasto territorio provincial, los episodios de gatillo fácil aportaron ese año 133 cadáveres, sobre 241 en todo el país.
"Hay que controlar las excarcelaciones", repite el gobernador. A su lado, el superministro sonríe.

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